SOBRE EL TIEMPO DE ADVIENTO

Pensamiento bíblico:
En aquel tiempo, lleno de la alegría del Espíritu Santo, exclamó Jesús: -Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y se las has revelado a la gente sencilla (Lc 10,21).


De las Cartas pastorales de san Carlos Borromeo
Ha llegado, amadísimos hermanos, aquel tiempo tan importante y solemne, que, como dice el Espíritu Santo, es tiempo favorable, día de la salvación, de la paz y de la reconciliación; el tiempo que tan ardientemente desearon los patriarcas y profetas y que fue objeto de tantos suspiros y anhelos; el tiempo que Simeón vio lleno de alegría, que la Iglesia celebra solemnemente y que también nosotros debemos vivir en todo momento con fervor, alabando y dando gracias al Padre eterno por la misericordia que en este misterio nos ha manifestado. El Padre, por su inmenso amor hacia nosotros, pecadores, nos envió a su Hijo único, para librarnos de la tiranía y del poder del demonio, invitarnos al cielo e introducirnos en lo más profundo de los misterios de su reino, manifestarnos la verdad, enseñarnos la honestidad de costumbres, comunicarnos el germen de las virtudes, enriquecernos con los tesoros de su gracia y hacernos sus hijos adoptivos y herederos de la vida eterna.
La Iglesia celebra cada año el misterio de este amor tan grande hacia nosotros, exhortándonos a tenerlo siempre presente. A la vez nos enseña que la venida de Cristo no sólo aprovechó a los que vivían en el tiempo del Salvador, sino que su eficacia continúa, y aún hoy se nos comunica si queremos recibir, mediante la fe y los sacramentos, la gracia que él nos prometió, y si ordenamos nuestra conducta conforme a sus mandamientos.
La Iglesia desea vivamente hacernos comprender que así como Cristo vino una vez al mundo en la carne, de la misma manera está dispuesto a volver en cualquier momento, para habitar espiritualmente en nuestra alma con la abundancia de sus gracias, si nosotros, por nuestra parte, quitamos todo obstáculo.
Por eso, durante este tiempo, la Iglesia, como madre amantísima y celosísima de nuestra salvación, nos enseña, a través de himnos, cánticos y otras palabras del Espíritu Santo y de diversos ritos, a recibir convenientemente y con un corazón agradecido este beneficio tan grande, a enriquecernos con su fruto y a preparar nuestra alma para la venida de nuestro Señor Jesucristo con tanta solicitud como si hubiera él de venir nuevamente al mundo. No de otra manera nos lo enseñaron con sus palabras y ejemplos los patriarcas del antiguo Testamento para que en ello los imitáramos.

EN ADVIENTO SE NOS INCULCA QUE DIOS «VIENE»



 

Benedicto XVI, Ángelus del 3 de diciembre de 2006
Queridos hermanos y hermanas:
En Adviento la liturgia con frecuencia nos repite y nos asegura, como para vencer nuestra natural desconfianza, que Dios «viene»: viene a estar con nosotros, en todas nuestras situaciones; viene a habitar en medio de nosotros, a vivir con nosotros y en nosotros; viene a colmar las distancias que nos dividen y nos separan; viene a reconciliarnos con él y entre nosotros. Viene a la historia de la humanidad, a llamar a la puerta de cada hombre y de cada mujer de buena voluntad, para traer a las personas, a las familias y a los pueblos el don de la fraternidad, de la concordia y de la paz.
Por eso el Adviento es, por excelencia, el tiempo de la esperanza, en el que se invita a los creyentes en Cristo a permanecer en una espera vigilante y activa, alimentada por la oración y el compromiso concreto del amor. Ojalá que la cercanía de la Navidad de Cristo llene el corazón de todos los cristianos de alegría, de serenidad y de paz.
Para vivir de modo más auténtico y fructuoso este período de Adviento, la liturgia nos exhorta a mirar a María santísima y a caminar espiritualmente, junto con ella, hacia la cueva de Belén. Cuando Dios llamó a la puerta de su joven vida, ella lo acogió con fe y con amor. Dentro de pocos días la contemplaremos en el luminoso misterio de su Inmaculada Concepción. Dejémonos atraer por su belleza, reflejo de la gloria divina, para que «el Dios que viene» encuentre en cada uno de nosotros un corazón bueno y abierto, que él pueda colmar de sus dones.

PREPARACIÓN PARA EL NACIMIENTO DEL SEÑOR


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Benedicto XVI, Ángelus del 29 de noviembre de 2009
Queridos hermanos y hermanas:
Este domingo iniciamos, por gracia de Dios, un nuevo Año litúrgico, que se abre naturalmente con el Adviento, tiempo de preparación para el nacimiento del Señor. El concilio Vaticano II, en la constitución sobre la liturgia, afirma que la Iglesia «en el ciclo del año desarrolla todo el misterio de Cristo, desde la Encarnación y la Navidad hasta la Ascensión, el día de Pentecostés y la expectativa de la feliz esperanza y venida del Señor». De esta manera, «al conmemorar los misterios de la Redención, abre la riqueza del poder santificador y de los méritos de su Señor, de modo que se los hace presentes en cierto modo, durante todo tiempo, a los fieles para que los alcancen y se llenen de la gracia de la salvación» (Sacrosanctum Concilium, 102). El Concilio insiste en que el centro de la liturgia es Cristo, como el sol en torno al cual, al estilo de los planetas, giran la santísima Virgen María -la más cercana- y luego los mártires y los demás santos que «cantan la perfecta alabanza a Dios en el cielo e interceden por nosotros" (ib., 104).
Esta es la realidad del Año litúrgico vista, por decirlo así, «desde la perspectiva de Dios». Y, desde la perspectiva del hombre, de la historia y de la sociedad, ¿qué importancia puede tener? La respuesta nos la sugiere precisamente el camino del Adviento, que hoy emprendemos. El mundo contemporáneo necesita sobre todo esperanza: la necesitan los pueblos en vías de desarrollo, pero también los económicamente desarrollados. Cada vez caemos más en la cuenta de que nos encontramos en una misma barca y debemos salvarnos todos juntos. Sobre todo al ver derrumbarse tantas falsas seguridades, nos damos cuenta de que necesitamos una esperanza fiable, y esta sólo se encuentra en Cristo, quien, como dice la Carta a los Hebreos, «es el mismo ayer, hoy y siempre» (Hb 13,8).
El Señor Jesús vino en el pasado, viene en el presente y vendrá en el futuro. Abraza todas las dimensiones del tiempo, porque ha muerto y resucitado, es «el Viviente» y, compartiendo nuestra precariedad humana, permanece para siempre y nos ofrece la estabilidad misma de Dios. Es «carne» como nosotros y es «roca» como Dios. Quien anhela la libertad, la justicia y la paz puede cobrar ánimo y levantar la cabeza, porque se acerca la liberación en Cristo (cf. Lc 21,28), como leemos en el Evangelio de hoy. Así pues, podemos afirmar que Jesucristo no sólo atañe a los cristianos, o sólo a los creyentes, sino a todos los hombres, porque él, que es el centro de la fe, es también el fundamento de la esperanza. Y todo ser humano necesita constantemente la esperanza.
Queridos hermanos y hermanas, la Virgen María encarna plenamente la humanidad que vive en la esperanza basada en la fe en el Dios vivo. Ella es la Virgen del Adviento: está bien arraigada en el presente, en el «hoy» de la salvación; en su corazón recoge todas las promesas pasadas y se proyecta al cumplimiento futuro. Sigamos su ejemplo, para entrar de verdad en este tiempo de gracia y acoger, con alegría y responsabilidad, la venida de Dios a nuestra historia personal y social.

ADVIENTO 2018

Pensamiento bíblico:
Dijo Jesús a sus discípulos: -Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento... Velad, pues, ya que no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: ¡Velad! (Mc 13,33-37).


EL ADVIENTO, TIEMPO DE PROFUNDIDAD RELIGIOSA
Benedicto XVI, Ángelus del 27 de noviembre de 2005
Queridos hermanos y hermanas:
Este domingo comienza el Adviento, un tiempo de gran profundidad religiosa, porque está impregnado de esperanza y de expectativas espirituales: cada vez que la comunidad cristiana se prepara para recordar el nacimiento del Redentor siente una sensación de alegría, que en cierta medida se comunica a toda la sociedad. En el Adviento el pueblo cristiano revive un doble movimiento del espíritu: por una parte, eleva su mirada hacia la meta final de su peregrinación en la historia, que es la vuelta gloriosa del Señor Jesús; por otra, recordando con emoción su nacimiento en Belén, se arrodilla ante el pesebre. La esperanza de los cristianos se orienta al futuro, pero está siempre bien arraigada en un acontecimiento del pasado. En la plenitud de los tiempos, el Hijo de Dios nació de la Virgen María: «Nacido de mujer, nacido bajo la ley», como escribe el apóstol san Pablo (Ga 4,4).
El Evangelio nos invita hoy a estar vigilantes, en espera de la última venida de Cristo: «Velad -dice Jesús-: pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa» (Mc 13,35.37). La breve parábola del señor que se fue de viaje y de los criados a los que dejó en su lugar muestra cuán importante es estar preparados para acoger al Señor, cuando venga repentinamente. La comunidad cristiana espera con ansia su «manifestación», y el apóstol san Pablo, escribiendo a los Corintios, los exhorta a confiar en la fidelidad de Dios y a vivir de modo que se encuentren «irreprensibles» (cf. 1 Co 1,7-9) el día del Señor. Por eso, al inicio del Adviento, muy oportunamente la liturgia pone en nuestros labios la invocación del salmo: «Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación» (Sal 84,8).
Podríamos decir que el Adviento es el tiempo en el que los cristianos deben despertar en su corazón la esperanza de renovar el mundo, con la ayuda de Dios. A este propósito, quisiera recordar también hoy la constitución Gaudium et spes del concilio Vaticano II sobre la Iglesia en el mundo actual: es un texto profundamente impregnado de esperanza cristiana. Me refiero, en particular, al número 39, titulado «Tierra nueva y cielo nuevo». En él se lee: «La revelación nos enseña que Dios ha preparado una nueva morada y una nueva tierra en la que habita la justicia (cf. 2 Co 5,2; 2 P 3,13). (...) No obstante, la espera de una tierra nueva no debe debilitar, sino más bien avivar la preocupación de cultivar esta tierra». En efecto, recogeremos los frutos de nuestro trabajo cuando Cristo entregue al Padre su reino eterno y universal. María santísima, Virgen del Adviento, nos obtenga vivir este tiempo de gracia siendo vigilantes y laboriosos, en espera del Señor.

EL ADVIENTO, TIEMPO DE ESPERA Benedicto XVI, Ángelus del 28-XI-2010

Queridos hermanos y hermanas:
El primer domingo de Adviento la Iglesia inicia un nuevo Año litúrgico, un nuevo camino de fe que, por una parte, conmemora el acontecimiento de Jesucristo, y por otra, se abre a su cumplimiento final. Precisamente de esta doble perspectiva vive el tiempo de Adviento, mirando tanto a la primera venida del Hijo de Dios, cuando nació de la Virgen María, como a su vuelta gloriosa, cuando vendrá a «juzgar a vivos y muertos», como decimos en el Credo. Sobre este sugestivo tema de la «espera» quiero detenerme ahora brevemente, porque se trata de un aspecto profundamente humano, en el que la fe se convierte, por decirlo así, en un todo con nuestra carne y nuestro corazón.
La espera, el esperar, es una dimensión que atraviesa toda nuestra existencia personal, familiar y social. La espera está presente en mil situaciones, desde las más pequeñas y banales hasta las más importantes, que nos implican totalmente y en lo profundo. Pensemos, entre estas, en la espera de un hijo por parte de dos esposos; en la de un pariente o de un amigo que viene a visitarnos de lejos; pensemos, para un joven, en la espera del resultado de un examen decisivo, o de una entrevista de trabajo; en las relaciones afectivas, en la espera del encuentro con la persona amada, de la respuesta a una carta, o de la aceptación de un perdón... Se podría decir que el hombre está vivo mientras espera, mientras en su corazón está viva la esperanza. Y al hombre se lo reconoce por sus esperas: nuestra «estatura» moral y espiritual se puede medir por lo que esperamos, por aquello en lo que esperamos.
Cada uno de nosotros, por tanto, especialmente en este tiempo que nos prepara a la Navidad, puede preguntarse: ¿yo qué espero? En este momento de mi vida, ¿a qué tiende mi corazón? Y esta misma pregunta se puede formular en el ámbito de familia, de comunidad, de nación. ¿Qué es lo que esperamos juntos? ¿Qué une nuestras aspiraciones? ¿Qué tienen en común? En el tiempo anterior al nacimiento de Jesús, era muy fuerte en Israel la espera del Mesías, es decir, de un Consagrado, descendiente del rey David, que finalmente liberaría al pueblo de toda esclavitud moral y política e instauraría el reino de Dios.
Pero nadie habría imaginado nunca que el Mesías pudiese nacer de una joven humilde como era María, prometida del justo José. Ni siquiera ella lo habría pensado nunca, pero en su corazón la espera del Salvador era tan grande, su fe y su esperanza eran tan ardientes, que él pudo encontrar en ella una madre digna. Por lo demás, Dios mismo la había preparado, antes de los siglos. Hay una misteriosa correspondencia entre la espera de Dios y la de María, la criatura «llena de gracia», totalmente transparente al designio de amor del Altísimo. Aprendamos de ella, Mujer del Adviento, a vivir los gestos cotidianos con un espíritu nuevo, con el sentimiento de una espera profunda, que sólo la venida de Dios puede colmar.

EL NACIMIENTO DE LA IGLESIA EN PENTECOSTÉS

Benedicto XVI, Regina Caeli del 27 de mayo de 2007

Queridos hermanos y hermanas:Celebramos hoy la gran fiesta de Pentecostés, en la que la liturgia nos hace revivir el nacimiento de la Iglesia, tal como lo relata san Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 2,1-13). Cincuenta días después de la Pascua, el Espíritu Santo descendió sobre la comunidad de los discípulos, que «perseveraban concordes en la oración en común» junto con «María, la madre de Jesús», y con los doce Apóstoles (cf. Hch 1,14; 2,1). Por tanto, podemos decir que la Iglesia tuvo su inicio solemne con la venida del Espíritu Santo.

En ese extraordinario acontecimiento encontramos las notas esenciales y características de la Iglesia: la Iglesia es una, como la comunidad de Pentecostés, que estaba unida en oración y era «concorde»: «tenía un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32). La Iglesia es santa, no por sus méritos, sino porque, animada por el Espíritu Santo, mantiene fija su mirada en Cristo, para conformarse a él y a su amor. La Iglesia es católica, porque el Evangelio está destinado a todos los pueblos y por eso, ya en el comienzo, el Espíritu Santo hace que hable todas las lenguas. La Iglesia es apostólica, porque, edificada sobre el fundamento de los Apóstoles, custodia fielmente su enseñanza a través de la cadena ininterrumpida de la sucesión episcopal.
La Iglesia, además, por su misma naturaleza, es misionera, y desde el día de Pentecostés el Espíritu Santo no cesa de impulsarla por los caminos del mundo, hasta los últimos confines de la tierra y hasta el fin de los tiempos. Esta realidad, que podemos comprobar en todas las épocas, ya está anticipada en el libro de los Hechos, donde se describe el paso del Evangelio de los judíos a los paganos, de Jerusalén a Roma. Roma indica el mundo de los paganos y así todos los pueblos que están fuera del antiguo pueblo de Dios. Efectivamente, los Hechos concluyen con la llegada del Evangelio a Roma. Por eso, se puede decir que Roma es el nombre concreto de la catolicidad y de la misionariedad; expresa la fidelidad a los orígenes, a la Iglesia de todos los tiempos, a una Iglesia que habla todas las lenguas y sale al encuentro de todas las culturas.
Queridos hermanos y hermanas, el primer Pentecostés tuvo lugar cuando María santísima estaba presente en medio de los discípulos en el Cenáculo de Jerusalén y oraba. También hoy nos encomendamos a su intercesión materna, para que el Espíritu Santo venga con abundancia sobre la Iglesia de nuestro tiempo, llene el corazón de todos los fieles y encienda en ellos, en nosotros, el fuego de su amor.

ESTAD SIEMPRE ALEGRES EN EL SEÑOR
San Agustín, Sermón 171,1-3.5

El Apóstol nos manda alegrarnos, pero en el Señor, no en el mundo. Pues, como afirma la Escritura:El que quiere ser amigo del mundo se hace enemigo de Dios. Pues del mismo modo que un hombre no puede servir a dos señores, tampoco puede alegrarse en el mundo y en el Señor.
Que el gozo en el Señor sea el triunfador, mientras se extingue el gozo en el mundo. El gozo en el Señor siempre debe ir creciendo, mientras que el gozo en el mundo ha de ir disminuyendo hasta que se acabe. No afirmamos esto como si no debiéramos alegrarnos mientras estamos en este mundo, sino en el sentido de que debemos alegrarnos en el Señor también cuando estamos en este mundo.
Pero alguno puede decir: «Estoy en el mundo, por tanto, si me alegro, me alegro allí donde estoy». ¿Pero es que por estar en el mundo no estás en el Señor? Escucha al apóstol Pablo cuando habla a los atenienses, según refieren los Hechos de los apóstoles, y afirma de Dios, Señor y creador nuestro: En él vivimos, nos movemos y existimos. El que está en todas partes, ¿en dónde no está? ¿Acaso no nos exhortaba precisamente a esto? El Señor está cerca; nada os preocupe.
Gran cosa es ésta: el mismo que asciende sobre todos los cielos está cercano a quienes se encuentran en la tierra. ¿Quién es éste, lejano y próximo, sino aquel que por su benignidad se ha hecho próximo a nosotros?
Aquel hombre que cayó en manos de unos bandidos, que fue abandonado medio muerto, que fue desatendido por el sacerdote y el levita y que fue recogido, curado y atendido por un samaritano que iba de paso, representa a todo el género humano. Así, pues, como el Justo e Inmortal estuviese lejos de nosotros, los pecadores y mortales, bajó hasta nosotros para hacerse cercano quien estaba lejos.
No nos trata como merecen nuestros pecados, pues somos hijos. ¿Cómo lo probamos? El Hijo unigénito murió por nosotros para no ser el único hijo. No quiso ser único quien, único, murió por todos. El Hijo único de Dios ha hecho muchos hijos de Dios. Compró a sus hermanos con su sangre, quiso ser reprobado para acoger a los réprobos, vendido para redimirnos, deshonrado para honrarnos, muerto para vivificarnos.
Por tanto, hermanos, estad alegres en el Señor, no en el mundo: es decir, alegraos en la verdad, no en la iniquidad; alegraos con la esperanza de la eternidad, no con las flores de la vanidad. Alegraos de tal forma que sea cual sea la situación en la que os encontréis, tengáis presente que el Señor está cerca; nada os preocupe.

PUDO MÁS PORQUE AMÓ MÁS

San Gregorio Magno, Libro de los Diálogos (2, 33)

Escolástica, hermana de Benito, dedicada desde su infancia al Señor todopoderoso, solía visitar a su hermano una vez al año. El varón de Dios se encontraba con ella fuera de las puertas del convento, en las posesiones del monasterio.
Cierto día, vino Escolástica, como de costumbre, y su venerable hermano bajó a verla con algunos discípulos, y pasaron el día entero entonando las alabanzas de Dios y entretenidos en santas conversaciones. Al anochecer, cenaron juntos.
Con el interés de la conversación se hizo tarde y entonces aquella santa mujer le dijo:
«Te ruego que no me dejes esta noche y que sigamos hablando de las delicias del cielo hasta mañana».
A lo que respondió Benito:
«¿Qué es lo que dices, hermana? No me está permitido permanecer fuera del convento».
Pero aquella santa, al oír la negativa de su hermano, cruzando sus manos, las puso sobre la mesa y, apoyando en ellas la cabeza, oró al Dios todopoderoso.
Al levantar la cabeza, comenzó a relampaguear, tronar y diluviar de tal modo, que ni Benito ni los hermanos que le acompañaban pudieron salir de aquel lugar.
Comenzó entonces el varón de Dios a lamentarse y entristecerse, diciendo:
«Que Dios te perdone, hermana. ¿Qué es lo que acabas de hacer?».
Respondió ella:
«Te lo pedí, y no quisiste escucharme; rogué a mi Dios, y me escuchó. Ahora sal, si puedes, despídeme y vuelve al monasterio».
Benito, que no había querido quedarse voluntariamente, no tuvo, al fin, más remedio que quedarse allí. Así pudieron pasar toda la noche en vela, en santas conversaciones sobre la vida espiritual, quedando cada uno gozoso de las palabras que escuchaba a su hermano.
No es de extrañar que al fin la mujer fuera más poderosa que el varón, ya que, como dice Juan: Dios es amor, y por esto, pudo más porque amó más.
A los tres días, Benito, mirando al cielo, vio cómo el alma de su hermana salía de su cuerpo en figura de paloma y penetraba en el cielo. Él, congratulándose de su gran gloria, dio gracias al Dios todopoderoso con himnos y cánticos, y envió a unos hermanos a que trajeran su cuerpo al monasterio y lo depositaran en el sepulcro que había preparado para sí.
Así ocurrió que estas dos almas, siempre unidas en Dios, no vieron tampoco sus cuerpos separados ni siquiera en la sepultura.


Copia de publicación:
DIRECTORIO FRANCISCANO
Año Cristiano Franciscano

LA CONTEMPLACIÓN ES HALLAR EL AFECTO Y SENTIMIENTO QUE SE BUSCA Y DISFRUTARLOS EN SILENCIO

San Pedro de Alcántara, Tratado de la oración (Aviso 8)
Procuremos juntar la meditación con la contemplación, haciendo de la una escalón para subir a la otra; porque la meditación es considerar con estudio y atención las cosas divinas, discurriendo de unas en otras, para mover nuestro corazón a algún afecto y sentimiento de ellas; y la contemplación es haber hallado el afecto y sentimiento que se buscaba, y estar con reposo y silencio gozando de él, con una simple vista de la verdad. Por lo que dice un santo doctor que la meditación discurre con trabajo y con fruto; la contemplación, sin trabajo y con fruto; la una busca, la otra halla; la una rumia el manjar, la otra lo gusta; la una d
iscurre y hace consideraciones, la otra se contenta con una simple vista de las cosas, porque tiene ya el amor y gusto de ellas; finalmente, la una es como medio, la otra como fin; la una como camino y movimiento, y la otra como término de este camino y movimiento.
De aquí se infiere una cosa muy común: que, así como alcanzado el fin, cesan los medios, tomando el puerto cesa la navegación, así cuando el hombre, mediante el trabajo de la meditación, llegare al reposo y gusto de la contemplación, debe por entonces cesar de aquella piadosa y trabajosa inquisición, y gozar de aquel afecto que se le da, ora sea de amor, ora de admiración o de alegría o cosa semejante. Por eso aconseja un doctor que, así como el hombre se siente inflamar por el amor de Dios, debe luego dejar todos estos discursos y pensamientos, por muy altos que parezcan, no porque sean malos, sino porque entonces son impeditivos de otro bien mayor, que no es otra cosa más que cesar el movimiento llegado el término y dejar la meditación por amor de la contemplación. Lo cual se puede hacer al fin de todo el ejercicio, que es después de la petición del amor de Dios, pues, como dice el Sabio, «más vale el fin de la oración que el principio».
Aquiete, pues, la memoria y fíjela en nuestro Señor, considerando que está en su presencia, no especulando entonces cosas particulares de Dios. Conténtese con el conocimiento que de él tiene por la fe y aplique la voluntad y el amor, pues en él está el fruto de toda la meditación. Enciérrese dentro de sí mismo en el centro de su ánima donde está la imagen de Dios, y allí se esté atento a él, como quien escucha al que habla de alguna torre alta, o como que le tuviese dentro de su corazón, y como que en todo lo criado no hubiese otra cosa sino sola ella o sólo él. Y aun de sí misma y de lo que hace se ha de olvidar, porque, como decía uno de los Padres, «aquélla es perfecta oración, donde el que está orando no se acuerda que está orando».
Y no sólo al fin del ejercicio, sino también al medio y en cualquier otra parte que nos tomare este sueño espiritual, debemos hacer esta pausa, y gozar de este beneficio, y volver luego a nuestro trabajo, acabado de digerir y gustar aquel bocado. Mas lo que entonces el ánima siente, lo que goza la luz, y la hartura, y la caridad y paz que recibe, no se puede explicar con palabras, pues aquí está la paz que excede todo sentido y la felicidad que en esta vida se puede alcanzar.
Algunos hay tan tomados del amor de Dios, que, apenas han comenzado a pensar en él, cuando luego la memoria de su dulce nombre les derrite las entrañas: otros, que no sólo en el ejercicio de la oración, sino fuera de él, andan tan absortos y tan empapados en Dios, que de todas las cosas y de sí mismos se olvidan por él: cuando esto el ánima sintiere, o en cualquier parte de la oración que lo sienta, de ninguna manera lo debe desechar, porque, como dice san Agustín, «se ha de dejar la oración vocal cuando alguna vez fuese impedimento de la devoción, y así también se debe dejar la meditación cuando fuese impedimento de la contemplación».

TE DOY GRACIAS, PADRE

De la homilía pronunciada por el beato Juan Pablo II
en la fiesta de San Francisco de Asís (4-X-1988)

1. «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla» (Mt 11,25).
Estas palabras de Jesús, vibrantes de emoción, las ha escogido la Iglesia para presentarnos a Francisco de Asís en el día de su fiesta. ¡Qué elocuentes nos resultan a la luz del «Poverello»! Él fue ciertamente uno de esos «pequeños» a los que el Padre reveló los misterios de su Reino.
Se los reveló de forma tan profunda y conmovedora que la experiencia espiritual del Santo de Asís se ha convertido en punto de referencia y fuente luminosa de inspiración para innumerables falanges de creyentes a lo largo de los siglos. El movimiento franciscano, basado en esa experiencia, se ha extendido por Europa, ha cruzado los océanos, ha penetrado culturas diversas, ha suscitado un florecimiento ininterrumpido de iniciativas benéficas, se ha enriquecido de frutos maravillosos de santidad cristiana.
«Te doy gracias, Padre...». Contemplando las espléndidas manifestaciones de la espiritualidad franciscana en tiempos pasados y en el presente, también nosotros nos sentimos empujados a repetir las palabras de Jesús y a dar gracias al Padre por el don inestimable que, en el «Poverello», ha hecho a la Iglesia.
2. Francisco conoció verdaderamente el misterio de Cristo. Iluminado por la fe entendió que, en el centro de ese misterio, estaban la pasión, muerte y resurrección del Verbo encarnado. Lo entendió y de ahí sacó las consecuencias, con audaz coherencia, sin ceder a «glosas» deformantes o, en cualquier caso, reductivas. Nadie mejor que él ha podido hacer suyas y repetir, con la elocuencia de una vida calcada en el Evangelio, las palabras de Pablo: «Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en la cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo» (Gál 6,14).
Precisamente de esta participación en la pasión de Cristo, Francisco sacó ese sentido de libertad interior en el anuncio del Evangelio, gracias al cual -como escribe su biógrafo- «no temía reproche alguno y predicaba la verdad con plena seguridad» (LM 12,8). También él podía, de hecho, repetir con el Apóstol: «En adelante, que nadie me venga con molestias, porque llevo en mi cuerpo las marcas de Cristo» (Gál 6,17).
5. (...) El Señor estará junto a ti para que no vaciles si tratas de hacer tuyas, siguiendo el ejemplo de Pablo y de Francisco, las características del verdadero apóstol: la humildad de los «pequeños» a los que el Padre revela sus secretos; el gozo del que no tiene otra cosa que anunciar más que la cruz de Cristo; la libertad interior que deriva de llevar en el propio espíritu los «estigmas» de los múltiples desprendimientos requeridos por la fidelidad al Evangelio; la certeza de que en el anuncio de la Cruz está la fuente de la paz y la misericordia «para todo el Israel de Dios».
Tomado de: www.franciscanos.org

FRANCISCO DE ASÍS (1181-1226)

por: JACQUES VIDAL, OFM
Esta figura de la santidad cristiana constituye un hito decisivo en la historia, irradia una gran autoridad y lleva consigo el fruto de la paz. Ello se debe sobre todo a la sencillez de su mensaje, y también a su universalidad. Toda persona preocupada por el sentido del universo puede reconocer en él una parte de su propia profundidad referida a la profundidad de Dios.
1. Conversión
Francisco Bernardone era hijo de un rico comerciante en paños de Asís, en la Umbría. Ayudó a su padre, veneró a su madre y tuvo éxito con los amigos. Su juventud se halla envuelta en la vida febril de su ciudad. Los biógrafos (Cuthbert, Englebert, Joergensen, Timmermans) y los historiadores (Sabatier, Esser, Manselli) destacan la fuerza festiva de este primer impulso. Unos lo captan en la verdad de una imaginación plena de salud natural, en tanto que otros se aproximan a él con el rigor de los hechos. Francisco, entre el sueño y la realidad, deja correr su adolescencia. Hace cantar a las fuentes heroicas (Tomás de Celano, san Buenaventura) y conjuga su arquetipo con las aspiraciones de la época. Caballería, honor, valor, gloria, generosidad, libertad, fidelidad: un arco iris demasiado vivo marca el alma de este joven campeón.
Los años jóvenes pasan cuando sobreviene el fracaso en la guerra contra Perusa, el cautiverio y la enfermedad (1202-1205). El hechizo se rompe y el héroe muere y deja su puesto a un extraño personaje que se fragua en el silencio. La luz que le invita apaga el fuego de las fiestas pasadas. Si esa luz no exalta, es porque su fuente está oculta. Francisco se vuelve a ella para descubrirla. Esto le hace entrar en conflicto con su padre Pedro, con sus amigos y consigo mismo (1206-1208). Su recurso es la oración. Gime en la ladera de las colinas, en la iglesia de San Damián, junto al sacerdote que la atiende, junto al obispo Guido de Asís. Los signos de una conversión al misterio de Cristo van tomando forma. Se afirman en la piedra y en la madera, en la palabra escuchada: «Francisco, ve y repara mi casa.»
Pero, ¿adónde ir y qué hacer? El misterio de Dios le turba. El hombre que lo descubre reconoce que Dios ya estaba allí, delante. Así Francisco sabe que obedecía ya a un rayo de esa luz cuando corría en busca del mendigo al que acababa de rehuir. Dios es aquel que nos precede, y también aquel que nos priva de nuestras seguridades. Está en todas partes, y nada basta para contenerle. En ese océano que está ahí, sin ir a ninguna parte, ¿cómo encontrar un camino? El Dios vivo irrumpe. Oprime como una inmensidad. Escinde entre el cielo y el agua. Para encontrar la tierra, es preciso ir hasta el fondo de sí mismo. Viendo cómo una luz esclarece lo que hay abajo, el alma conoce que la luz procede de arriba. El deseo se hace valle para ser montaña. La conversión es el descubrimiento asombrado de una relación originaria que marca un itinerario. Francisco de Asís, ante el crucifijo de San Damián, acepta vivir su verdad hasta transformarla en «religión».
2. Religión
«Cuando yo vivía en pecado, la vista de los leprosos me resultaba insoportable. Pero el Señor me condujo entre ellos, y lo que me parecía amargo se trocó en dulzura para el alma y para el cuerpo» (Testamento). Francisco de Asís sitúa el inicio de su religión en el beso al leproso. La inversión de los valores sensibles que saborean el alma y el cuerpo significa la transformación de una esclavitud en una serena libertad. El espíritu exulta porque la realización pública de un acto prohibido pone de manifiesto la verdad de una metamorfosis.
La energía así renovada no impide lo trágico. Tiende, por el contrario, a descender hacia la miseria en proporción al bien que se persigue. Francisco se emplea con ardor en seguir al Cristo que cura. Sus hallazgos son conmovedores. Todos, o casi todos, llevan el sello de un realismo del símbolo. El leproso, imagen viva del pecado en toda criatura, le atrae irresistiblemente. Se dirige hacia el mendigo, hacia el ladrón, hacia el pobre, hacia el marginado; se preocupa del animal, de la planta y de todas las cosas. Cuanto más se aproxima a los pequeños, más le alegra el canto de la alondra al elevarse por el aire. Su alma se despliega con el cuerpo y con el universo, cerca del Creador. Su joven religión aspira a llevar el mundo y los hombres a la raíz regenerada de una común relación de origen. Guiado por una luz secreta, presiente el formidable viaje, la enorme herida, y empieza a entregar su llanto a la misericordia del espíritu.
El espíritu es dueño y señor cuando degusta la dulzura de la penitencia. Su luz naciente se remonta desde el fondo del abismo y su fuerza purificadora afirma el despojo del ser. El sayal terroso, las sandalias, el bastón, la ermita, simbolizan la profundidad convertida. Y esa profundidad se llama pobreza, simplicidad, libertad. Sus eclosiones adornan las praderas de la vida cotidiana. Trovador, juglar de Dios, heraldo del Gran Rey, enviado del Altísimo, Francisco de Asís respira su único mensaje: «Mi Dios y mi Todo.» Su sentido patético, su genio escénico, su instinto del ritmo y del gesto, llevan los símbolos a los terrenos en los que se activan las potencias del mito y del rito. En los espacios del hombre esencial, éste danza su religión. Hace de ella un arte que va a dar origen a una tradición legendaria (Florecillas).
Pero el vino del gozo es para el esfuerzo y la religión es religión de la ascensión. Desde el principio, cuando se dispone a descender, es para elevarse. La montaña, ¿no es el abismo ya colmado? Francisco recibe del evangelio esa montaña total. Se ajusta al evangelio sin demora, sin glosa, sin pertrechos, en la fiesta de san Mateo, el 24 de febrero de 1208. El evangelio resume su trayectoria vital. Principio y fin de los itinerarios de salvación, vocación esencial, la buena nueva es el camino real. Permite acceder a la verdad de una tradición, en el seno de una comunidad viva que conoce la piedra angular y la cumbre, Jesucristo, el Señor, luz del mundo, Hijo de Dios e Hijo del hombre, nacido de la virgen María, creador y redentor. Desde entonces el misterio de la encarnación abre el camino a la religión de la profundidad, el misterio de la pasión a la religión de la penitencia y el misterio de la resurrección a la religión de la altura. Jesús de Nazaret es el perfecto religioso del Padre que está en los cielos. Cada hombre que adore en espíritu y en verdad desplegará en él su relación originaria en la amistad de una filiación divina perdida y hallada.
Esta vuelta al Cristo de los evangelios confiere a la religión de Francisco su forma de plenitud. Es su navidad, su pascua y su ascensión. Realiza su pentecostés según la índole de su persona y de su época (Leyenda de los tres compañeros). Su experiencia se hace palabra. Francisco por su parte, anuncia lo que conoce: la gozosa participación en una misma herencia. Esta predicación, que el papa Inocencio III aprueba (1209), posee la autoridad de una fuente. Su agua viva gusta a pobres y a ricos, a hombres y a mujeres, a clérigos y a laicos. Francisco reúne algunos discípulos y atrae a Clara de Asís (domingo de ramos de 1212). La solidaridad que proclamaba el joven convertido se convierte en camino de fraternidad. Aparecen comunidades de oración y de apostolado entre los pobres, los pequeños, los minores (Rivo Torto, Porciúncula). Cuando forman un árbol, o cuando la cepa se hace viña, Francisco compone una Regla, que redacta dos veces (1221 y 1223) y que el papa Honorio III aprueba el 29 de noviembre de 1223. Ha nacido una orden religiosa. Su modelo se extiende a las hermanas clarisas; también a las fraternidades de hombres y mujeres del siglo. «La regla y vida de los frailes menores consiste en observar el santo evangelio de Nuestro Señor Jesucristo.»
La religión de Francisco, convertida en orden, no está exenta de un elemento trágico. El peso del número, los excesos de unos y los compromisos de otros, alteran la fidelidad de los comienzos. Los hermanos dudan en reconocer el evangelio de la salvación en la figura cotidiana de una Iglesia y de un feudalismo que se transforman. Entran en conflicto de espiritualidad. Francisco, por su parte, les exhorta (Admoniciones). Le gusta poco argumentar, pero sabe mostrar la humildad de Dios trabajando en la creación. A través de sus hermanos, su religión penetra en la historia de los hombres deseosos de una sociedad mejor. Gana en longitud y en anchura. Al precio de las tempestades de la época, que él asume, se hace aún más hijo del hombre en la gracia del espíritu de devoción, que le convierte en hijo de Dios. Pone de manifiesto su catolicidad (Cartas), experiencia de unidad cuya realidad garantiza la eucaristía, el cuerpo de Cristo en el seno de una Iglesia de clérigos y de laicos. Esa catolicidad es paciencia de la caridad, en la que todos los caminos pueden encontrarse. Es el lugar del bien reparador. La crisis de la orden, de la Iglesia y del mundo medieval, libera la fuente de una experiencia de fraternidad más radical y más universal (Oraciones). Francisco va repitiendo su mensaje a aquellos que se hallan enfrentados: «Paz y bien.»
Luego entra en el secreto de una santidad que la Iglesia proclamará el 16 de julio de 1228 (Gregorio IX). Enfermo, obligado a dimitir de su cargo en la orden, sube su propia montaña, el Alvernia. Incrustado en la roca, en estado de oración y de meditación, recibe los estigmas de la pasión de Cristo. La visión de un serafín crucificado imprime las llagas en su carne. La contemplación se ha convertido en conformidad. Le arde un mensaje de gracia y siente que debe descender. Agotado, casi ciego, hace un alto en el huerto de la hermana Clara. En la choza que le abriga compone el Cántico de las criaturas. El verbo de un pobre restituye el universo a su verdad, el hombre a su perdón, la muerte a su remisión. Todo simboliza la unión en la castidad de un abrazo. El «hermano sol» brilla en un apocalipsis de alabanza, para gloria del único Señor. Desplegada la bóveda de una especie de «beatitud original» (Pablo VI), Francisco se encamina hacia Asís para expirar, en la Porciúncula, al atardecer del sábado 3 de octubre de 1226.
3. Misión
Francisco de Asís envió muy pronto a sus frailes a anunciar el evangelio en la península italiana y luego en diversos países de Europa. Él mismo viajó a Oriente. La expansión apostólica es una de las tareas de la orden. Ésta, como las otras familias espirituales, se adaptó a las diferencias culturales y religiosas al servicio de una verdad que hace a los hombres libres en Jesucristo. Tal exigencia, ligada al estado de un mundo en vías de unificación, reclama la experiencia franciscana de unidad y de fraternidad y la hace oportuna. Francisco de Asís se encuentra hoy en la encrucijada del diálogo y de la colaboración entre culturas y religiones.
Aparece, sobre todo, como el sujeto de una realización de la profundidad y de lo divino, que concuerda con las aspiraciones de las religiones asiáticas. Él es hermano en sabiduría de los seguidores del Tao (Dao). Su inspiración se trueca con ellos en el camino del cielo. El espíritu del valle lo habita y le conduce a los aledaños del hinduismo y del budismo. ¿No lo entrevió así Gandhi? La verdad religiosa del pobre de Asís funda en la humanidad de Cristo resucitado la religión de aquellos que viven el carácter sagrado de la creación. Esa verdad dispone a evangelizar hierofanías, teofanías y figuras de dioses en las religiones tradicionales. No deroga el mundo imaginario de los mitos. El sueño de los individuos y el de los pueblos le atañe de cerca. Las potencias del símbolo conmueven a Francisco de Asís cuando sirven para crear la unidad y la totalidad. Los acontecimientos del monoteísmo le arrebatan, y él los discierne en el corazón de cada cual y en la historia de la salvación. Si Francisco viaja a Oriente, es para encontrarse, en la persona del sultán Malek al-Kamil, con el islam, religión del Único. Y es también para significar la paz posible a las puertas de Jerusalén.
Esta «religión de las religiones» que la santidad pone de manifiesto en la fe, es signo de esperanza. Atestiguando la grandeza del hombre libre y solidario, invita a los increyentes que se mueven por una causa generosa. Mostrando la presencia de quien se expande en la verdad de una luz trascendente, convoca a las religiones. Dando testimonio de la alianza y de Jesucristo, tiene en cuenta a los judíos y une a los cristianos de las diversas confesiones. El itinerario de Francisco de Asís ha permitido que el papa Juan Pablo II haga de él el patrono de la ecología, contrapunto moderno de la tecnología (29 de noviembre de 1979). Así, este «hombre pequeño», santo de todos los tiempos, sirve al misterio de la salvación para un mundo nuevo.

TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR

¡QUÉ BIEN SE ESTÁ AQUÍ!
Del sermón de san Anastasio Sinaíta
el día de la Transfiguración del Señor

El misterio que hoy celebramos lo manifestó Jesús a sus discípulos en el monte Tabor. En efecto, después de haberles hablado, mientras iba con ellos, acerca del reino y de su segunda venida gloriosa, teniendo en cuenta que quizá no estaban muy convencidos de lo que les había anunciado acerca del reino, y deseando infundir en sus corazones una firmísima e íntima convicción, de modo que por lo presente creyeran en lo futuro, realizó ante sus ojos aquella admirable manifestación, en el monte Tabor, como una imagen prefigurativa del reino de los cielos. Era como si les dijese: «El tiempo que ha de transcurrir antes de que se realicen mis predicciones no ha de ser motivo de que vuestra fe se debilite, y, por esto, ahora mismo, en el tiempo presente, os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin haber visto llegar al Hijo del hombre con la gloria de su Padre».
Y el evangelista, para mostrar que el poder de Cristo estaba en armonía con su voluntad, añade:Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y se los llevó aparte a una montana alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.
Éstas son las maravillas de la presente solemnidad, éste es el misterio, saludable para nosotros, que ahora se ha cumplido en la montaña, ya que ahora nos reúne la muerte y, al mismo tiempo, la festividad de Cristo. Por esto, para que podamos penetrar, junto con los elegidos entre los discípulos inspirados por Dios, el sentido profundo de estos inefables y sagrados misterios, escuchemos la voz divina y sagrada que nos llama con insistencia desde lo alto, desde la cumbre de la montaña.
Debemos apresurarnos a ir hacia allí -así me atrevo a decirlo- como Jesús, que allí en el cielo es nuestro guía y precursor, con quien brillaremos con nuestra mirada espiritualizada, renovados en cierta manera en los trazos de nuestra alma, hechos conformes a su imagen, y, como él, transfigurados continuamente y hechos partícipes de la naturaleza divina, y dispuestos para los dones celestiales.
Corramos hacia allí, animosos y alegres, y penetremos en la intimidad de la nube, a imitación de Moisés y Elías, o de Santiago y Juan. Seamos, como Pedro, arrebatado por la visión y aparición divina, transfigurado por aquella hermosa transfiguración, desasido del mundo, abstraído de la tierra; despojémonos de lo carnal, dejemos lo creado y volvámonos al Creador, al que Pedro, fuera de sí, dijo: Señor, ¡qué bien se está aquí!
Ciertamente, Pedro, en verdad qué bien se está aquí con Jesús; aquí nos quedaríamos para siempre. ¿Hay algo más dichoso, más elevado, más importante que estar con Dios, ser hechos conformes con él, vivir en la luz? Cada uno de nosotros, por el hecho de tener a Dios en sí y de ser transfigurado en su imagen divina, tiene derecho a exclamar con alegría: ¡Qué bien se está aquí!, donde todo es resplandeciente, donde está el gozo, la felicidad y la alegría, donde el corazón disfruta de absoluta tranquilidad, serenidad y dulzura, donde vemos a (Cristo) Dios, donde él, junto con el Padre, pone su morada y dice, al entrar: Hoy ha sido la salvación de esta casa, donde con Cristo se hallan acumulados los tesoros de los bienes eternos, donde hallamos reproducidas, como en un espejo, las imágenes de las realidades futuras.

IGNACIO

-BIOGRAFÍA 
-IGNACIO, CONTEMPLATIVO EN LA ACCIÓN
-DISCURSO DEL SANTO PADRE A LA COMPAÑÍA DE JESÚS 
-EXAMINAD SI LOS ESPÍRITUS PROVIENEN DE DIOS

Nació en Loyola (Guipúzcoa, España) el año 1491. De joven permaneció en la corte y se dedicó a la vida militar. Herido en la defensa de Pamplona, tuvo que guardar reposo, y las lecturas piadosas favorecieron su conversión a Dios. Se retiró a Montserrat y Manresa, dando inicio a los Ejercicios espirituales. Viajó a Tierra Santa y luego estudió en Alcalá, Salamanca y finalmente en París, donde reunió a los primeros compañeros, con los que fundó en Roma la Compañía de Jesús. Antes, en Venecia, se ordenó de sacerdote el año 1537. Escribió las constituciones de la Compañía, a la que dio como lema «A mayor gloria de Dios». Fructífero fue su apostolado, por las obras que escribió y por los discípulos que formó, que contribuyeron poderosamente a la verdadera reforma de la Iglesia. Envió a san Francisco Javier a Oriente como misionero. Para que Roma fuera un centro de ciencia eclesiástica, con un plantel de doctores de los que pudiera disponer el Papa, fundó el Colegio Romano, después llamado Universidad Gregoriana. Murió en Roma el 31 de julio de 1556.


IGNACIO, CONTEMPLATIVO EN LA ACCIÓN
Beato Juan Pablo II, Ángelus del día 28-VII-1991
1. Se acerca la fiesta de san Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús. Echando una mirada al conjunto de la obra que llevó a cabo, podemos preguntarnos: ¿cuál fue el secreto de la extraordinaria influencia ejercida por este campeón de la Reforma católica? La respuesta no deja lugar a dudas: hay que buscar ese secreto en su profunda vida interior. Tenía la firme convicción de que el apóstol, todo apóstol, debe mantenerse íntimamente unido a Dios para «dejarse guiar por su mano divina» ( Constituciones, X).
Se atuvo constantemente a este primado de la vida interior, a pesar de los múltiples compromisos y de las diversas ocupaciones que llenaban sus jornadas. Fue, en verdad, «contemplativo en la acción» y así quiso que fueran los miembros de la orden que fundó. En resumidas cuentas, para él la contemplación fue siempre la condición indispensable de todo apostolado fructuoso.
2. La eficacia de esta unión con Dios, alimentada por la oración, está testimoniada por la fecundidad sobrenatural de la acción evangelizadora de los primeros jesuitas, formados en la escuela de Ignacio y a quienes él mismo envió a las diversas regiones de Europa, a Asia -hasta el extremo Oriente- y a las nuevas tierras de América.
Tanto los religiosos jesuitas como los cristianos más generosos y abiertos a la acción apostólica han de tener presente, con celo atento, este testimonio nobilísimo. La misión de difundir el Evangelio es compleja y exigente. Por eso, es necesario reafirmar que la urgencia de los compromisos apostólicos no debe llevarnos a olvidar la necesidad primaria de la oración y la contemplación. La Iglesia, hoy más que ayer, tiene necesidad de apóstoles que sepan ser, como san Ignacio, contemplativos en la acción.
A la Virgen María, que como verdadera contemplativa conservaba y meditaba en su corazón los misterios de su Hijo Jesús, le pedimos que alimente en nosotros el espíritu de oración, a fin de que nuestro testimonio cristiano sea creíble, convincente y, por tanto, espiritualmente fecundo.

Del Discurso del Santo Padre Benedicto XVI
a los miembros de la Compañía de Jesús (22-IV-2006)
Queridos padres y hermanos de la Compañía de Jesús:
San Ignacio de Loyola fue, ante todo, un hombre de Dios, que en su vida puso en primer lugar a Dios, su mayor gloria y su mayor servicio; fue un hombre de profunda oración, que tenía su centro y su cumbre en la celebración eucarística diaria. De este modo, legó a sus seguidores una herencia espiritual valiosa, que no debe perderse ni olvidarse. Precisamente por ser un hombre de Dios, san Ignacio fue un fiel servidor de la Iglesia, en la que vio y veneró a la esposa del Señor y la madre de los cristianos. Y del deseo de servir a la Iglesia de la manera más útil y eficaz nació el voto de especial obediencia al Papa, que él mismo definió como «nuestro principio y principal fundamento» ( MI, Serie III, I, p. 162).
Que este carácter eclesial, tan específico de la Compañía de Jesús, siga estando presente en vuestras personas y en vuestra actividad apostólica, queridos jesuitas, para que podáis responder con fidelidad a las urgentes necesidades actuales de la Iglesia. Entre estas me parece importante señalar el compromiso cultural en los campos de la teología y la filosofía, ámbitos tradicionales de presencia apostólica de la Compañía de Jesús, así como el diálogo con la cultura moderna, la cual, si por una parte se enorgullece de sus admirables progresos en el campo científico, por otra sigue fuertemente marcada por el cientificismo positivista y materialista.
Ciertamente, el esfuerzo por promover en cordial colaboración con las demás realidades eclesiales una cultura inspirada en los valores del Evangelio requiere una intensa preparación espiritual y cultural. Precisamente por eso, san Ignacio quiso que los jóvenes jesuitas se formaran durante largos años en la vida espiritual y en los estudios. Conviene que esta tradición se mantenga y se refuerce, teniendo en cuenta también la creciente complejidad y amplitud de la cultura moderna.
Otra gran preocupación suya fue la educación cristiana y la formación cultural de los jóvenes: de ahí el impulso que dio a la institución de los «colegios», los cuales, después de su muerte, se difundieron por Europa y por todo el mundo. Continuad, queridos jesuitas, este importante apostolado, manteniendo inalterado el espíritu de vuestro fundador.
Al hablar de san Ignacio, no puedo por menos de recordar a san Francisco Javier: no sólo su historia se entrelazó durante largos años en París y Roma, sino también un único deseo -se podría decir una única pasión- los impulsó y sostuvo en sus vicisitudes humanas, por lo demás diferentes: la pasión de dar a Dios trino una gloria cada vez mayor y de trabajar por el anuncio del Evangelio de Cristo a los pueblos que no lo conocían.
* * *
EXAMINAD SI LOS ESPÍRITUS PROVIENEN DE DIOS
De los hechos de san Ignacio de Loyola recibidos
por Luis Gonçalves de Cámara de labios del mismo santo (Cap 1,5-9)
Ignacio era muy aficionado a los llamados libros de caballerías, narraciones llenas de historias fabulosas e imaginarias. Cuando se sintió restablecido, pidió que le trajeran algunos de esos libros para entretenerse, pero no se halló en su casa ninguno; entonces le dieron para leer un libro llamadoVida de Cristo y otro que tenía por título Flos sanctórum, escritos en su lengua materna.
Con la frecuente lectura de estas obras, empezó a sentir algún interés por las cosas que en ellas se trataban. A intervalos volvía su pensamiento a lo que había leído en tiempos pasados y entretenía su imaginación con el recuerdo de las vanidades que habitualmente retenían su atención durante su vida anterior.
Pero, entretanto, iba actuando también la misericordia divina, inspirando en su ánimo otros pensamientos, además de los que suscitaba en su mente lo que acababa de leer. En efecto, al leer la vida de Jesucristo o de los santos, a veces se ponía a pensar y se preguntaba a sí mismo:
«¿Y si yo hiciera lo mismo que san Francisco o que santo Domingo?».
Y, así, su mente estaba siempre activa. Estos pensamientos duraban mucho tiempo, hasta que, distraído por cualquier motivo, volvía a pensar, también por largo tiempo, en las cosas vanas y mundanas. Esta sucesión de pensamientos duró bastante tiempo.
Pero había una diferencia; y es que, cuando pensaba en las cosas del mundo, ello le producía de momento un gran placer; pero cuando, hastiado, volvía a la realidad, se sentía triste y árido de espíritu; por el contrario, cuando pensaba en la posibilidad de imitar las austeridades de los santos, no sólo entonces experimentaba un intenso gozo, sino que además tales pensamientos lo dejaban lleno de alegría. De esta diferencia él no se daba cuenta ni le daba importancia, hasta que un día se le abrieron los ojos del alma y comenzó a admirarse de esta diferencia que experimentaba en sí mismo, que, mientras una clase de pensamientos lo dejaban triste, otros, en cambio, alegre. Y así fue como empezó a reflexionar seriamente en las cosas de Dios. Más tarde, cuando se dedicó a las prácticas espirituales, esta experiencia suya le ayudó mucho a comprender lo que sobre la discreción de espíritus enseñaría luego a los suyos.

LA ORACIÓN, DESARROLLO DE LA VIDA DE PENITENCIA

                                         por Kajetan Esser - Engelbert Grau, OFM
Aplicaciones (II)
2. La fuente de la oración contemplativa debe ser para el franciscano -como lo fue para Francisco-, ante todo, la vida de Jesucristo. «Nuestra máxima preocupación debe consistir en quedarnos en la vida de Jesús», dice Tomás de Kempis en la Imitación de Cristo (I 1,3). Francisco no opina otra cosa cuando confiesa: «Es bueno recurrir a los testimonios de la Escritura, es bueno buscar en ellas al Señor Dios nuestro; pero estoy ya tan penetrado de las Escrituras, que me basta, y con mucho, para meditar y contemplar. No necesito de muchas cosas, hijo; sé a Cristo pobre y crucificado» (2 Cel 105).
La vida de Jesucristo, Dios hecho hombre, tal como se nos presenta en la Sagrada Escritura -sobre todo su encarnación, su pasión y muerte, pero también su resurrección, su ascensión y su segunda venida-, y el Hombre Dios que continúa viviendo en la Iglesia, que permanece presente entre nosotros en el misterio de la Eucaristía, debe constituir el objeto principal de la meditación. Es una característica de la manera franciscana de meditar el no tomar muchos temas en consideración, sino meditar de continuo sobre unos pocos temas asequibles. El énfasis reside no en el conocimiento de un mayor número de verdades de fe, sino en la contemplación amorosa de las maravillas del amor de Dios (cf. S. Buenaventura, Regula novitiorum II, 7; De triplici via II).
En la meditación de la vida de Jesús debería descansar toda nuestra vida. La Buena Nueva debe convertirse para cada uno en evangelio vivo: «Que yo piense como Tú, trabaje contigo, viva en ti». Por eso en la meditación está en primer plano la pregunta: ¿Qué me dice el Señor mediante esta Palabra de la Escritura en la situación concreta de mi vida? En el ejercicio del evangelio vivo tiene que reconocer el franciscano las «vestigia», las huellas que el Hombre Dios nos ha dejado para que le sigamos.
¿Pero cómo podré imitarle si no lo conozco, si no experimento su presencia real y cercana, si no he tenido un contacto vivo con Él? En la meditación conocemos a Jesús cada vez más profundamente y mejor. Pero este conocimiento no hay que entenderlo en el sentido de un enriquecimiento de nuestro saber o como una satisfacción de nuestra curiosidad, sino como un conocimiento en la fe y el amor que naturalmente no puede limitarse al solo tiempo de la oración, sino que debe extenderse como una exigencia incondicional a toda nuestra vida. Francisco llama bienaventurado a aquél que ha aprendido el arte de la meditación: «Bienaventurado aquel religioso que no encuentra placer y alegría sino en las santísimas palabras y obras del Señor, y con ellas conduce a los hombres al amor de Dios con gozo y alegría» (Adm 20).
El oír y gustar una sola vez no basta para penetrar en ese arte; por eso se dice de Francisco: «Leía a las veces en los libros sagrados, y lo que confiaba una vez al alma le quedaba grabado de manera indeleble en el corazón. La memoria suplía a los libros; que no en vano lo que una vez captaba el oído, el amor lo rumiaba con devoción incesante» (2 Cel 102). He aquí el rasgo fundamental de la manera franciscana de meditar: escuchar la palabra de Dios, leerla y considerarla una y otra vez con afecto, rumiarla continuamente; entonces no habrá sido escuchada en balde.
[En Selecciones de Franciscanismo, vol. III, núm. 8 (1974) 174-181]
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Aplicaciones (y III)
El oír y gustar una sola vez las palabras y obras del Señor no basta para penetrar en el arte de la meditación; por eso se dice de Francisco: «Leía a las veces en los libros sagrados, y lo que confiaba una vez al alma le quedaba grabado de manera indeleble en el corazón. La memoria suplía a los libros; que no en vano lo que una vez captaba el oído, el amor lo rumiaba con devoción incesante» (2 Cel 102). He aquí el rasgo fundamental de la manera franciscana de meditar: escuchar la palabra de Dios, leerla y considerarla una y otra vez con afecto, rumiarla continuamente; entonces no habrá sido escuchada en balde.
Este afecto, este quedar afectado por la palabra de Dios, tiene que nacer del amor. Y el amor debe abarcar todo el ser y toda la vida para ser un amor auténtico; el auténtico amor a la «Palabra encarnada» es el paso decisivo para el pleno conocimiento de la revelación de Dios: «Aunque este hombre bienaventurado no había hecho estudios científicos, con todo, aprendiendo de Dios la sabiduría que viene de lo alto e ilustrado con las iluminaciones de la luz eterna, poseía un sentido no vulgar de las Escrituras. Efectivamente, su ingenio, limpio de toda mancha, penetraba hasta lo escondido de los misterios, y su afecto de amante entraba donde la ciencia de los maestros no llegaba a entrar» (2 Cel 102).
La meditación debe llevarnos de continuo a una permanencia amorosa en Dios, es decir, a laoración afectiva. El amor es siempre algo que va de persona a persona, una relación entre un yo y un tú; y sólo el amor permite a la meditación desembocar en aquel «diálogo que se da entre la esposa y el esposo» (S. Buenaventura, De triplici via II, 7). En este diálogo con su Señor, «Francisco respondía al Juez, oraba al Padre, conversaba con el Amigo, se deleitaba con el Esposo» (2 Cel 95).
A esta escucha amorosa de Dios y a este diálogo con Dios sigue naturalmente la obediencia amorosa, como se dice de Francisco: «Todo lo demás que había escuchado se esfuerza en realizarlo con la mayor diligencia y con suma reverencia. Pues nunca fue oyente sordo del Evangelio sino que, confiando a su feliz memoria cuanto oía, procuraba cumplirlo a la letra sin tardanza» (1 Cel 22). Y en otro lugar se dice todavía con mayor plasticidad e intuición: «Con la mayor devoción oraba para que Dios, eterno y verdadero, le dirigiese en sus pasos y le enseñase a poner en práctica su voluntad. Sostenía en su alma tremenda lucha, y, mientras no llevaba a la práctica lo que había concebido en su corazón, no hallaba descanso» (1 Cel 6).
De igual manera, el franciscano debe traducir en obras «lo que ha concebido en su corazón», para convertirse así en un evangelio vivo, pues sólo aquél que por la meditación de Jesucristo consigue llegar a un seguimiento amoroso comprenderá enteramente a Cristo, como ha formulado Tomás de Kempis de manera clásica: «El que quiera comprender e imitar perfectamente las palabras de Cristo, tiene que aspirar a conformar su vida en todo con la vida de Jesús» (Imitación I 1,2). Estaconformidad de la propia vida con la vida de Jesús es, a la inversa, la piedra de toque que nos permite conocer el valor de nuestra oración y de nuestra meditación.
3. Entre la oración y la vida no debe existir ninguna discrepancia. El hombre de «penitencia» no puede llevar una vida «doble». Eso sería deslealtad, hipocresía y temeridad. La oración y la vida, para ser auténticas, han de completarse y potenciarse mutuamente, tanto más cuanto que es Dios, y no el hombre, quien tiene que estar en el centro tanto de la vida como de la oración.
Esta incondicional e ilimitada «escucha» de Dios en la oración y en la vida es exigida sobre todo cuando Dios abre al hombre las puertas que conducen al peldaño más elevado de la oración, laoración contemplativa. Aquí sólo cabe hacer una cosa: dejarse conducir por Dios con absoluta sumisión, permanecer totalmente abiertos a la voz de Dios para que Él actúe según le plazca, bien si quiere elevar al hombre al séptimo cielo de la contemplación, bien si quiere conducirlo a la aridez y sequedad. Para ello debe el hombre haberse vaciado enteramente de sí mismo, pues únicamente en semejante pureza puede tomar Dios posesión de él como quiera: «Por consiguiente -dice Francisco a sus hermanos-, nada de vosotros retengáis para vosotros mismos, a fin de que os reciba todo enteros el que se os ofrece todo entero» (CtaO 29).
[En Selecciones de Franciscanismo, vol. III, núm. 8 (1974) 174-181]

«SEÑOR, ENSÉÑANOS A ORAR»

Benedicto XVI, Ángelus del 25 de julio de 2010


Queridos hermanos y hermanas:El Evangelio de este domingo [Lc 11,1-13] nos presenta a Jesús recogido en oración, un poco apartado de sus discípulos. Cuando concluyó, uno de ellos le dijo: «Señor, enséñanos a orar». Jesús no puso objeciones, ni habló de fórmulas extrañas o esotéricas, sino que, con mucha sencillez, dijo: «Cuando oréis, decid: "Padre..."», y enseñó el Padrenuestro, sacándolo de su propia oración, con la que se dirigía a Dios, su Padre. San Lucas nos transmite el Padrenuestro en una forma más breve respecto a la del Evangelio de san Mateo, que ha entrado en el uso común. Estamos ante las primeras palabras de la Sagrada Escritura que aprendemos desde niños. Se imprimen en la memoria, plasman nuestra vida, nos acompañan hasta el último aliento. Desvelan que «no somos plenamente hijos de Dios, sino que hemos de llegar a serlo más y más mediante nuestra comunión cada vez más profunda con Cristo. Ser hijos equivale a seguir a Jesús» (Benedicto XVI).
Esta oración recoge y expresa también las necesidades humanas materiales y espirituales: «Danos cada día nuestro pan cotidiano, y perdónanos nuestros pecados». Y precisamente a causa de las necesidades y de las dificultades de cada día, Jesús exhorta con fuerza: «Yo os digo: pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá». No se trata de pedir para satisfacer los propios deseos, sino más bien para mantener despierta la amistad con Dios, quien -sigue diciendo el Evangelio- «dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan».
Lo experimentaron los antiguos «padres del desierto» y los contemplativos de todos los tiempos, que llegaron a ser, por razón de la oración, amigos de Dios, como Abrahán, que imploró al Señor librar a los pocos justos del exterminio de la ciudad de Sodoma. Santa Teresa de Ávila invitaba a sus hermanas de comunidad diciendo: «Debemos suplicar a Dios que nos libre de estos peligros para siempre y nos preserve de todo mal. Y aunque no sea nuestro deseo con perfección, esforcémonos por pedir la petición. ¿Qué nos cuesta pedir mucho, pues pedimos al Todopoderoso?». Cada vez que rezamos el Padrenuestro, nuestra voz se entrelaza con la de la Iglesia, porque quien ora jamás está solo. «Todos los fieles deberán buscar y podrán encontrar el propio camino, el propio modo de hacer oración, en la variedad y riqueza de la oración cristiana, enseñada por la Iglesia... cada uno se dejará conducir... por el Espíritu Santo, que lo guía, a través de Cristo, al Padre» (Congregación para la doctrina de la fe, 15-X-1989).
Que la Virgen María nos ayude a redescubrir la belleza y la profundidad de la oración cristiana.
[Después del Ángelus] Al enseñar a sus discípulos a orar, Jesús nos revela quién es su Padre y nuestro Padre, y abre nuestro corazón a nuestros hermanos y hermanas. Dejémonos alcanzar por el soplo del Espíritu Santo, quien hace de nosotros verdaderos orantes.
Como los discípulos en el Evangelio de este domingo, muchas personas también se preguntan: «Orar, ¿cómo se hace?». El propio Jesús fue un gran orante y, con el Padrenuestro nos enseñó sobre todo que Dios es un Padre que nos ama, que escucha nuestras plegarias y que quiere lo mejor para nosotros. Si interiorizamos esto, nuestra oración se hace viva y vigorosa.
En el Evangelio de este día, Jesús afirma: «Cuando oréis, decid: Padre, sea santificado tu nombre». De esta forma, él nos enseña la oración, que es expresión de nuestra adoración y de nuestra gratitud, así como de la piedad y de nuestras súplicas dirigidas al Creador de todo bien. En ella se manifiesta nuestra fe y nuestra confianza en la Divina Providencia. Acordémonos de la oración, tanto en nuestro trabajo diario como en los momentos de descanso de nuestras vacaciones
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LA ORACIÓN, DESARROLLO

DE LA «VIDA DE PENITENCIA»
por Kajetan Esser - Engelbert Grau, OFM

Aplicaciones (I)

Francisco es maestro para sus seguidores no sólo en lo tocante a los puntos fundamentales, las condiciones y las actitudes de la oración, sino que también les transmite importantes indicaciones para su misma oración práctica.

1. La mayor parte de las oraciones que nos han llegado de Francisco son oraciones de glorificacióny de alabanza. Exhorta una y otra vez a alabar y glorificar al Altísimo. Alabar y glorificar a Dios «por sí mismo» es lo más sublime que puede y debe hacer el hombre. Toda la vida del franciscano debe ser precisamente un cántico constante de alabanza a Dios y debe estimular a todos los hombres a esta alabanza del Señor: «Tal debería de ser el comportamiento de los hermanos entre los hombres -decía Francisco-, que cualquiera que los oyera o viera, diera gloria al Padre celestial y le alabara devotamente» (TC 58). Para ello es esencialmente necesario que esta alabanza divina encuentre de continuo su expresión inmediata en la oración. La repetida exhortación del santo fundador a esta clase de oración debe constituir un deber para sus hermanos y hermanas.
La oración de alabanza se convierte también en oración de reparación: «Y cuando veamos u oigamos decir o hacer el mal o blasfemar contra Dios, nosotros bendigamos y hagamos bien y alabemos a Dios, que es bendito por los siglos» (1 R 17,19). Aquí se entreabre una posibilidad que, por cierto, se tiene muy poco en cuenta, pero que según la intención del Santo habrá que tenerla siempre presente. La oración de alabanza alcanza su grado más sublime en el acto de adoración, en el cual insiste también Francisco a sus hermanos con harta frecuencia; pero el hombre sólo puede adorar a Dios en el amor y con una ilimitada pureza de corazón. En esto nunca se podrá hacer bastante, porque Dios busca esto por encima de todo: «Por consiguiente, amemos a Dios y adorémoslo con corazón puro y mente pura, porque él mismo, buscando esto sobre todas las cosas, dijo: Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad... Y digámosle alabanzas y oraciones día y noche diciendo: Padre nuestro, que estás en el cielo, porque es preciso que oremos siempre y que no desfallezcamos» (2CtaF 19-21).
La oración de acción de gracias y de petición no debe emplearse, en primer lugar, para las necesidades, preocupaciones o deseos personales de mayor o menor importancia, sino que debe orientarse más bien a las grandes preocupaciones del Reino de Dios y del acontecimiento salvífico, a fin de que en todo y por todo sea glorificado Dios por sí mismo. Precisamente Francisco deseaba especialmente que los suyos dieran gracias a Dios «por sí mismo»: «El mismo altísimo y sumo, solo Dios verdadero, tenga y a él se le tributen y él reciba todos los honores y reverencias, todas las alabanzas y bendiciones, todas las gracias y gloria, de quien es todo bien, solo el cual es bueno» (1 R 17,18; 1 R 23).
El objeto de la oración de petición debe constituirlo ante todo las necesidades del tiempo y del mundo, de la Iglesia, del Reino de Dios, a fin de que la glorificación de Dios sea plena en todo: «Omnipotente, eterno, justo y misericordioso Dios, danos a nosotros, miserables, hacer por ti mismo lo que sabemos que tú quieres, y siempre querer lo que te place» (CtaO 50). Todo aquel que recita esta oración coloca en su justo orden la petición personal por la constancia y perseverancia en la vida de penitencia y en la imitación de Cristo, pues lo que busca en primer lugar no es la propia santidad y perfección, sino la glorificación de Dios.

[En Selecciones de Franciscanismo, vol. III, núm. 8 (1974) 174-181]